2 de octubre

 

2 de octubre

    Las pasadas navidades, después de decepcionarnos e ilusionarnos durante varios años con la posibilidad de verla de nuevo, la nieve volvió a cubrir las cimas de las montañas y vistió con elegancia a los firmes pinos.

    En mi soledad, decidí que los niños tendrían que poder disfrutar de la nieve como lo hacíamos nosotras, así que, una vez vestida y con el equipo necesario, dirigí a los pequeños hacia la cima más baja. El parsimonioso paso de los jovencitos dio paso a las remembranzas que juntas, en aquellas montañas, construimos para el resto de nuestras vidas.

    Nunca he olvidado, y dudo que llegue a olvidarlo siquiera, aquel invierno en el que, con 17 años, pasamos la noche en la gélida montaña. El terror en mí ardía con mayor intensidad que el fuego de aquel refugio; a pesar del calor de la fogata, el rechinar de los dientes no abandonaba mi cuerpo. No rechinaban por frío, sino por temor. ¡Qué hubiese sido de mí aquella noche si no hubieses estado conmigo! La presión que ejercían mis colmillos era tal que, por momentos, pensaba que se me iba a partir la mandíbula...

    Pero, a pesar de todo, el alba se impuso a la fría noche y los prístinos rayos de sol bañaron mi cara, sólo para ver la sonrisa que me había acompañado, en vigilia, toda la noche, mientras dormía plácidamente en tu regazo.

    Al llegar a la cima, los niños hicieron varios muñecos de nieve, siendo el de tu sobrino Carlos el más destacable por su forma estrambótica, que para nada recordaba a la de un muñeco de nieve.

    Antes del anochecer, aprovechamos el descenso para hacerlo con unos trineos y disfrutar de los últimos momentos de diversión que la blanca nieve nos iba a entregar. Una vez en el pueblo, tomamos chocolate caliente alrededor de la chimenea de mi casa. ¡Cómo desearía haber compartido este momento contigo!

 

 (Segundade las 31 cartas que constituyen este reto de escritura)

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